Ex alumno/a

Josué Coronado

KIPP Houston Alumni Josue Coronado

Estaba en noveno año cuando mi mentor me ayudó a pagar un viaje a la Universidad de Georgetown. De inmediato me enamoré de la escuela. Los edificios eran pintorescos. Al caminar por el plantel, yo sentía que estaba caminando a través de la historia. Y todos los estudiantes que veía eran muy entusiastas. Al término de mi visita, me di cuenta de que necesitaba un recuerdo para llevarme de regreso a Houston.

Fui a la librería y encontré una manta, una colcha más bien, llena de símbolos de Georgetown. Era hermosa. Y también costaba $150.00. Llamé a mi mamá y le conté mi experiencia en el curso de los últimos tres días. Le dije lo mucho que quería entrar en esa escuela. También le revelé mis dudas: Georgetown es una de las mejores universidades del país y no sabía si sería aceptado, y ni hablar de poder pagar la matrícula. Y le dije que había encontrado esa hermosa frazada que quería con desesperación, pero que era muy cara. Y mi mamá –nunca lo olvidaré– me dijo: “Josué, esta es una inversión en tu futuro. Mereces estar ahí más que nadie. Yo me encargaré de que resulten las cosas.” Ella me envió el dinero. Regresé a la preparatoria con un nuevo propósito. Cuatro años después, con la manta todavía en mi cama, hice la solicitud para Georgetown.

No entré.

Bryan Contreras, mi asesor de KIPP hasta Universidad, llamó a la oficina de admisiones. “Josué es uno de nuestros mejores estudiantes. ¿Me podría decir por qué no fue aceptado?” Le dijeron que mi muestra de redacción no era convincente. Que probablemente no me iría bien en Georgetown. Que debería buscar otras escuelas. Fue… fue una época muy dolorosa para mí. Yo tenía formada la imagen completa en la mente: iría a Georgetown y después cambiaría al mundo.

En cambio, la escuela de mis sueños no me quería. La escuela de mis sueños me dijo que buscara en otro lado. La escuela de mis sueños tuvo la audacia de decir que no me iría bien ahí. Estaba furioso y con el corazón destrozado.

Pero entonces me reuní con Bryan Contreras. Recuerdo todo acerca de esa reunión. El profesor Contreras me miró a los ojos y me dijo: “Josué, yo tengo fe en ti. Pienso que mereces ser estudiante en la Universidad de Georgetown. Así que esto es lo que vamos a hacer. Vas a volver a escribir tu ensayo de solicitud. Vas a volver a presentar la solicitud. Y vas a entrar.”

Les juro que escribí diez borradores del ensayo en los siguientes días. Y esta vez, decidí contar mi historia. El profesor Contreras me ayudó a darme cuenta de que nunca debo de avergonzarme de mis orígenes… de que lo que hacen mis padres y la forma en que llegué aquí son parte de lo que soy. Así que escribí acerca de mi mamá, que es secretaria, y de mi papá, que es jardinero. Escribí que entiendo lo que es el trabajo duro desde muy chico. Escribí que quiero ser el primero de mi comunidad en hacer muchas cosas: el primero en ir a la preparatoria, el primero en solicitar el ingreso en la universidad. Y escribí que quería ir a la universidad para que un día pudiera regresar y contar las historias de gente que no tiene los recursos para contar su propia historia. Después de muchos borradores, finalmente puse la solicitud en el correo.

27 de abril. Era un brillante día de primavera. Mi mejor amigo y yo estábamos afuera jugando fútbol cuando llegó el cartero. Recuerdo que dije en broma: “Vamos a ver si hoy es el día en que me rechazan de nuevo en la universidad.” Caminé hacia el buzón y ahí estaba. Era un sobre. Universidad de Georgetown. El paquete era muy delgado. Estaba seguro que era el rechazo. Entré a la casa, cruzando la sala de estar hacia la cocina. Me senté a la mesa de la cocina. Traté de controlar la respiración. Lentamente abrí el sobre. Leí la primera línea: “Este año, el comité de admisiones de Georgetown consideró a más de 19,500 solicitantes para 1,500 lugares disponibles…”

Se me paró el corazón. Así es como empiezan las cartas de rechazo. Seguí leyendo. “Nos da mucho placer informarle…” Volví a leer esa frase. Y otra vez. Y luego una vez más. Estaba asombrado. “¿Qué?” Recuerdo que pensé: “¿Acaso entré?”

Casi automáticamente corrí al teléfono. Tenía que llamar a mi partidaria número uno. Le leí la carta a mi mamá por teléfono. Estaba seguro que la llamada se había cortado. “¿Mamá?”, dije. Silencio. “¿Ahí estás?” Más silencio. Entonces se oyó un moqueo. “Lo siento, Josué”, dijo. “Esto… esto es un sueño hecho realidad para todos nosotros.” Un poco después le envié un mensaje de texto al profesor Contreras. Creo que era una sola palabra, “ENTRÉ”, seguida de un millón de signos de admiración. Su respuesta fue más despreocupada.

Lo único que respondió fue: “Ya sabía que podrías”.

Ahora, Josué está en el penúltimo año en la Universidad de Georgetown. Después de titularse en inglés, Josué espera regresar a la preparatoria KIPP de Houston para dar clases en undécimo y duodécimo años. Él está muy interesado en educación e inclusión cultural. Además de dar clases y ser tutor en dos programas, Josué fue uno de los fundadores de la primera casa cultural reconocida en Georgetown, “La Casa Latina”, centro de construcción de comunidad, exploración de identidad y defensoría de latinos. La manta que compró en su primera visita a Georgetown todavía está en su cama.

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