Miembro del personal regional

Deborah Riley

Era el penúltimo día en sexto año de mi hijo Deven cuando una de mis amigas del trabajo me llamó para decirme que había sido despedida.

Me dijo que no me preocupara, que mi empleo no tendría problemas. Pero, claro, cuando llegué a casa encontré un mensaje en la contestadora. Me habían despedido. Era un empleo que tomé recién salida de preparatoria. Había estado ahí 35 años.

Al día siguiente, exactamente al día siguiente, empecé de voluntaria en KIPP.

Llevaba a mi hijo en coche a la escuela y me quedaba ahí a ayudar desde que empezaba la escuela hasta que terminaba. Hacía un poco de todo. Doblaba muchas camisas. Cortaba muchas naranjas. Y me acerqué mucho a la gente. Ayudaba a los chicos que tuvieran problemas. Era como una mentora para ellos. Y como era mayor que muchos profesores, para ellos era como una mamá.

Yo solo quería ser parte de aquello de lo que mi hijo era parte. Y me quedé porque me sentía en familia. Incluso el director ejecutivo hacía que me sintiera importante. Así que me hice voluntaria porque ahí tenía mi lugar. Y lo hice durante dos años.

Todos los días.

Al final del octavo año de mi hijo, cuando estaba por pasar a preparatoria, la escuela organizó un viaje de fin de año. Recientemente había empezado a pensar en cuestiones de dinero, porque mi liquidación no me iba a durar para siempre. Así que ahí estaba, en ese viaje, sentada ante la fogata cuando llegó el líder de la escuela y se sentó junto a mí. “Señora Riley”, me dijo, “este es el último año de Deven. La vamos a extrañar. Así que nos gustaría contratarla.”

Eso me dejó muy claro que yo era parte de KIPP. Y he estado ahí desde entonces. KIPP me ayudó así como yo ayudé a KIPP.

Compartir esta historia